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miércoles, 19 de abril de 2017

VUESTRA VOZ. Así me convertí en anoréxica

Alba no se llama Alba, pero prefiere conservar su anonimato. Sabe que si dijese su verdadero nombre comenzarían los chismes, los comentarios hirientes y las alusiones hacia su estupidez y frivolidad. Quienes condenaron su cuerpo y fomentaron sus inseguridades,  ahora la juzgarían por haber padecido el trastorno.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/salud/2017/04/07/me-converti-anorexica-sali-enfermedad/00031491583785232776278.htm

 La anorexia llegó cuando tenía 16 años y la acompañó durante toda su adolescencia.  No fue algo que apareciese por casualidad; sino la evolución natural de complejos presentes desde la infancia  «Siempre  fui una niña con problemas de peso. Vivía obsesionada con los kilos y hacía una dieta permanente. Me sentía juzgada por todo el mundo y, sobre todo me juzgaba a mí misma. Mi vida no era muy distinta antes. La enfermedad era simplemente un paso más, del que ni siquiera era consciente».
La falta de confianza en los métodos naturales de adelgazamiento y la relación con un entorno de chicas marcadas por la misma obsesión condujeron a la joven, y a parte de sus amigas, a un juego del que resultaba imposible salir  «Tenía una amiga que tonteaba con no comer para adelgazar, y decidió pasarme el remedio. Yo, envidiaba sus resultados  y le hice caso. Le pedía consejo, ayuda, recomendaciones... no era como tener ningún tipo de alteración, simplemente evitaba la comida».
Hablar de la enfermedad todavía es algo muy complicado para ella. Es difícil comprender las imágenes que recuerda en relación con su pasado. «Más que una imagen me viene la sensación de ansiedad. Cuando pienso en todo lo que sentí e hice, el sentimiento es bastante real; como si volviese a estar viviéndolo. Es raro, pero me trae mucha tristeza. Por otro lado, tampoco puedo evitar acordarme de episodios que viví o cosas que pensé, que me han marcado bastante. Supongo que cada vez que recuerdo la anorexia viene todo junto».
Todos los aspectos de su vida fueron modificados, desde la relación con sus padres a la confianza en el grupo de amigos «Yo no quería que nadie se enterase. Lo sabían las que compartían mis mismos hábitos. También me obsesionaba. Era en lo único que pensaba. No podía concentrarme en nada, contaba cada caloría y me pasaba el día subida a la báscula. Sentía un pequeño alivio cuando había descendido el número del día anterior, pero podía suponerme una pesadilla como hubiese subido.»
Estudiar o realizar cualquier tipo de trabajo intelectual era un esfuerzo titánico para su cerebro, permanentemente ocupado y desnutrido. No podía permitirse fracasar, cualquier fallo en sus notas o en su rendimiento la condenaría socialmente. El agotamiento y la falta de fe en el cambio llevaron a la anulación emocional que, Alba recuerda como uno de los peores componentes del trastorno «Se pasa muy mal no comiendo y sintiéndote basura, pero personalmente me olvidé de sentir. Quiero decir, nada me gustaba, ni me disgustaba; ni me hacía gracia, ni me hacía llorar... por poner un ejemplo me convertí en autista».
Si todo giraba en torno al universo de la comida, el momento de enfrentarse a la mesa suponía una tortura. «Era Una pesadilla. Lo más duro no era deshacerme de la comida, sino no comer. Siempre me ha encantado comer y tengo tendencia a atiborrarme cuando estoy nerviosa o ansiosa, algo que en mi estado se repetía bastante. Vomitar se convirtió en mi salvación. Todavía me acuerdo como me echaba crema compulsivamente en los nudillos marcados».
Sufrir físicamente, esa era la única realidad emocional existente en el mundo de Alba. El daño al propio organismo se convirtió en obligación como condena a un cuerpo que no respondía a las exigencias sociales. Sin embargo, los problemas se extendían más allá de sus fronteras físicas «Me sentía culpable por ver sufrir a mi madre. Intentaba esconderlo pero ella me veía y lo notaba. También he sentido que no me ha ayudado lo suficiente para superarlo, por lo que se enfrentaban sentimientos».
La culpabilidad no solo estaba presente en las relaciones afectivas; sino también, en la aceptación de la enfermedad. La joven, que en aquel momento no responsabilizaba a su entorno, llegó a creer que se merecía el dolor por haber nacido imperfecta. Ahora, es consciente de que el trastorno es resultado de un cúmulo de circunstancias; y reflexiona sobre ellas de forma adulta y tranquila. «Me gustaría pensar que solo fue mi culpa, y solía hacerlo. Me culpaba cada día por tener anorexia. Una parte de mí creía que me la merecía, de alguna forma pensaba que solucionaría mis problemas (algo que no hizo, sino que los empeoró). Hoy siento que es una mezcla de todo: la gente que te rodea, lo que ves en la televisión o Internet, incluso la forma en que nos educan».
El paso del tiempo ha hecho que sea consciente de la manera en que la sociedad afecta a un desarrollo adecuado, a través de exigencias imposibles de realizar. Aun así, sorprende cómo se reprocha no haber sido valiente para enfrentarse a los prejuicios sin convertirse en su víctima. «Me gustaría haber tenido más coraje (todavía no lo he conseguido) para quererme como soy y preocuparme por mi salud más que por lo que viesen los demás. He evolucionado un poco desde que logre salir, y puedo comer o vestirme libremente; pero una parte de mi sigue sintiéndose culpable por muchas cosas, lo que me ha hecho plantearme más de una vez si algún día conseguiré curarme del todo. No creo que la sociedad que nos rodea sea algo que me ayude. Todos los días veo niñas quejándose de sus cuerpos o llorando porque no se parecen a Kendall Jenner, y me gustaría que viesen que todo eso no es real. Nadie las ayuda, todo lo contrario, algunas veces pienso que es un bucle del que la sociedad no quiere o no le interesa salir».
Ni siquiera ella, que ha superado la enfermedad, se ve capaz de aclarar los elementos que la producen, pero tiene claro que para una cura definitiva hay que desvincularse con todo lo relacionado con el trastorno «Lo que de verdad me ayudó a salir fue alejarme de ese ambiente. Es verdad que sin determinación personal no hubiese sido capaz, pero si me hubiese quedado allí seguiría teniendo problemas. Apenas tuve ayuda psicológica, pero en la medida en que pudieron ayudarme fue bastante útil, aunque vuelves a lo mismo. Da igual lo que te hagan o lo que te digan, tú eres tu propia salvación»
La historia de Alba es la cara positiva de una pesadilla que en muchas ocasiones termina en muerte. Lo que muchos consideran una tonta obsesión adolescente por el culto al cuerpo es un arma peligrosa que, si no mata, provoca graves secuelas en el organismo, tanto en el aparato digestivo, como en una psicología difícil de sanar. Los insultos tontos sobre el físico son bombas nucleares que conducen al suicidio, físico y social, en el mundo de las inseguridades. «Pienso que es la sociedad en general la que contribuye al desarrollo de los trastornos alimenticios, no sabría decir si por el capitalismo, o por otros principios». Tiene claro que la educación es la base para evitar que los jóvenes sufran este proceso «Cuando alguien empieza en esto cree que es la solución. Hay que enseñar desde el momento cero que no lo es, que hace de todo menos ayudarnos».

Fuente: Eugenia Valencia. La Voz de Galicia.

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